Un estudio con más de 7.000 fósiles revela que los antepasados de los cocodrilos siguieron climas cálidos durante 245 millones de años, lo que pudo darles refugio tras el impacto de Chicxulub.
245 millones de años de estrategia térmica
Científicos de University College London analizaron más de 7.000 fósiles y registros de más de 400 especies actuales y extintas para reconstruir la relación de los pseudosuquios —el grupo que incluye a los cocodrilos actuales y sus parientes extintos— con el clima a lo largo de su historia evolutiva. El estudio, publicado en Science Advances, combinó esa información con simulaciones por computadora de la geografía y el clima terrestre desde hace 245 millones de años.
El patrón que emerge es consistente: en lugar de adaptarse a climas fríos, secos o templados, estos reptiles mantuvieron una preferencia por las temperaturas elevadas. Cuando el planeta se calentaba, se expandían hacia latitudes altas; cuando enfriaba, su distribución se retraía hacia los trópicos.
El momento del asteroide y los refugios ecuatoriales
Hace 66 millones de años, el impacto del asteroide de Chicxulub en la actual península de Yucatán sumió al planeta en un período de frío y oscuridad que terminó con los dinosaurios no avianos. El equipo liderado por Alfio Alessandro Chiarenza, investigador de UCL Earth Sciences, reconstruyó mediante simulaciones las condiciones climáticas posteriores al impacto bajo distintos escenarios de reducción de luz solar.
En los casos con una caída del 5% o del 10% de la radiación solar, los ambientes cálidos del ecuador y los subtrópicos conservaron condiciones aptas para los parientes de los cocodrilos. Solo bajo una reducción del 15% de la luz solar desaparecían esas áreas favorables; sin embargo, los autores indicaron que ese escenario extremo hoy se considera poco probable.
«El asteroide no volvió a todo el planeta igual de hostil para todos los grupos», señaló Chiarenza. Según el investigador, la antigua preferencia de estos reptiles por el calor pudo haberlos situado justamente en las zonas donde las condiciones resistieron mejor la crisis global.
Una ventaja frente a los dinosaurios
Modelos anteriores elaborados por integrantes del mismo grupo de investigación indicaron que los ambientes climáticamente adecuados para los dinosaurios no avianos se redujeron de manera mucho más drástica tras el impacto. Los refugios ecuatoriales habrían representado, así, una ventaja geográfica para el linaje cocodriliano.
Los autores advierten, no obstante, que el clima no fue la única clave. Los cocodrilos y sus parientes contaban con cuerpos relativamente pequeños frente a muchos dinosaurios, dietas flexibles y hábitos vinculados con el agua dulce. Además, como animales ectotermos, necesitan menos energía que los mamíferos y las aves para sostener sus funciones vitales, lo que pudo resultar útil cuando las cadenas alimentarias sufrieron una interrupción abrupta.
El vaivén geográfico a lo largo de millones de años
Durante el Eoceno temprano, hace cerca de 50 millones de años, cuando la Tierra era aproximadamente 10 °C más cálida que en la actualidad y las regiones polares carecían de hielo permanente, los parientes de los cocodrilos llegaron a ocupar territorios de América del Norte, Europa e incluso la Antártida. A medida que el planeta se enfrió, sus poblaciones volvieron a concentrarse cerca de los trópicos.
El registro fósil muestra excepciones: hace unos 34 millones de años, una rama extinta de crocodilianos de Australia se adaptó a condiciones más secas, similares a las de un desierto, coincidiendo con un período prolongado de enfriamiento global y aridificación del continente. Ese caso no invalida la tendencia principal, pero muestra que la historia evolutiva no avanza en línea recta.
Una diversidad que hoy es solo una fracción
Hoy existen poco más de 20 especies de cocodrilos, una cifra reducida frente a la diversidad que alcanzaron sus antepasados. En la era de los dinosaurios, los pseudosuquios ocuparon nichos ecológicos mucho más variados, con formas terrestres, marinas y de agua dulce. Las especies que viven actualmente representan una fracción de aquella diversidad y enfrentan amenazas contemporáneas como la pérdida de humedales, la contaminación, la caza ilegal y el aumento del nivel del mar.





