Los PFAS, compuestos sintéticos desarrollados desde mediados del siglo XX, se detectan en ríos, alimentos y la sangre de personas en todo el mundo por su incapacidad de degradarse.
Miles de compuestos casi imposibles de destruir
Las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas, conocidas como PFAS o «químicos eternos», forman una familia de miles de compuestos sintéticos con una característica que los hace problemáticos: prácticamente no se degradan. Una vez liberados, pueden permanecer durante décadas o siglos en el agua, el suelo y los seres vivos.
Su resistencia al agua, la grasa, las manchas y las altas temperaturas explica por qué se utilizaron durante décadas en sartenes antiadherentes, ropa impermeable, alfombras, envases de comida rápida, cosméticos, espumas extintoras y dispositivos electrónicos.
Detectados hasta en poblaciones alejadas de industrias
Diversos estudios científicos han encontrado PFAS en ríos, mares, acuíferos, alimentos e incluso en la sangre de personas en todo el mundo, incluidas poblaciones muy alejadas de cualquier foco industrial. Esto evidencia el grado de dispersión global que han alcanzado estos compuestos.
La preocupación va más allá del medio ambiente. La evidencia científica ha relacionado algunos de los PFAS más conocidos con alteraciones hormonales, daños hepáticos, aumento del colesterol, disminución de la respuesta inmunitaria y ciertos tipos de cáncer. Asimismo, investigaciones apuntan a posibles efectos sobre la fertilidad y el desarrollo infantil.
Europa avanza hacia una restricción histórica
Por este motivo, organismos internacionales y autoridades sanitarias llevan años revisando los límites de exposición y endureciendo la regulación. La Unión Europea trabaja actualmente en una propuesta para restringir de forma progresiva miles de PFAS, lo que podría convertirse en una de las mayores prohibiciones de sustancias químicas de la historia comunitaria.
Sin embargo, eliminarlos no será sencillo. En algunos sectores industriales aún no existen alternativas igual de eficaces, y limpiar los lugares contaminados resulta complejo y costoso precisamente por la resistencia de estos compuestos a la degradación natural.
Reducir el uso, la estrategia más viable por ahora
Los expertos señalan que la mejor estrategia consiste en reducir su utilización donde existan sustitutos seguros e impedir que sigan llegando al medio ambiente. Al mismo tiempo, los investigadores continúan desarrollando tecnologías capaces de destruir o eliminar estos contaminantes, un desafío que hasta hace pocos años parecía prácticamente imposible.





